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Bienaventuranzas de la fe
Bienaventurado el que, aun teniendo un miedo urgente de certezas para su corazón, aprende a caminar sostenido por una confianza más honda que sus seguridades.
Bienaventurado el que reconoce en sí las heridas de milenios, las mismas que atraviesan a todos los seres conscientes, porque su fragilidad puede convertirse en compasión universal.
Bienaventurado el que descubre que las palabras pomposas de siempre se quedan escasas, porque comienza a buscar una verdad más desnuda, humilde y verdadera.
Bienaventurado el que desconfía de las verdades troqueladas, demasiado fáciles, demasiado resolutivas y demasiado controladas, porque permanece abierto al misterio que ninguna fórmula puede encerrar.
Bienaventurado el que, en medio de lo confuso y de sus desvaríos nocturnos, sigue hablando con Dios, porque incluso una oración quebrada puede ser una forma profunda de fe.
Bienaventurado el que descubre la costra coriácea de su ego, porque puede comenzar a quebrarla hasta dejar que su alma vuelva a ser vulnerable, receptiva y compasiva.
Bienaventurado el que se deja herir por esas preguntas que llegan como navajazos y que pocos se atreven a abordar, porque una pregunta verdadera puede conducir más lejos que una respuesta aprendida.
Bienaventurado el que no confunde la soberbia de algunos clérigos con el Evangelio, porque seguirá buscando una Iglesia capaz de reunir, servir y crear comunión.
Bienaventurado el que no se conforma con devociones doloristas poco reflexionadas, poco creíbles y poco liberadoras, porque busca una fe que sane, ilumine y ensanche la vida.
Bienaventurado el que echa de menos una humildad visible en quienes se llaman cristianos, porque ha comprendido que el Evangelio se acredita más por la irradiación de una vida que por la proclamación de unas palabras.
Bienaventurado el que reconoce que no es tan listo ni tan bueno de pensamiento, palabra y obra, porque quien acepta sus límites comienza a vivir desde la humildad y la misericordia.
Bienaventurado el que se pregunta si verdaderamente cree o si solamente recubre con palabras su biografía desvencijada, porque esa sospecha puede purificar su fe de engaños y disfraces.
Bienaventurado el que descubre sus intentos de zafarse del camino necesario e imperioso de la conversión, porque reconocer la huida es ya comenzar el regreso.
Bienaventurado el que se pregunta con sinceridad si busca verdaderamente la verdad, el bien y la santidad, porque quien examina radicalmente sus deseos puede comenzar a ordenar su corazón.
Bienaventurado el que aprende a entregarse a la libertad, a la alegría y al juego, porque descubre que la vida recibida como gracia no necesita ser poseída ni controlada.
Bienaventurado el que reconoce en sí las heridas de una cultura obsesionada con el éxito y la autosuficiencia, porque puede aprender que vivir no consiste en triunfar, sino en recibir, agradecer, compartir y amar.
Bienaventurado el que aprende a guardar silencio reverente, porque en el silencio deja de dominar la realidad y comienza humildemente a recibirla.
Bienaventurado el que busca personas capaces de responder, con palabras y con obras, a la consternación de nuestro tiempo, porque no ha renunciado a creer que todavía son posibles la lucidez, la compasión y la esperanza.
Bienaventurado el que recuerda la muerte y a sus muertos, porque la memoria de la finitud puede enseñarle a amar lo que vive con una hondura nueva.
Bienaventurado el que se pregunta si busca a Dios o si se busca solamente a sí mismo en la fiebre de su abatimiento, porque una fe que se deja interrogar puede hacerse más limpia, más gratuita y más verdadera.
Bienaventurado el que no sabe todavía si es un prófugo casi calcinado o un peregrino sediento, porque mientras permanezca la sed permanece también abierto el camino.
Bienaventurado el que contempla el tren de su vida sin saber si se aproxima a la plenitud santa o a la decadencia mineral, porque aprende a confiar incluso cuando desconoce la estación última de su viaje.
Bienaventurado el que reconoce cuándo se deja arrastrar por el resentimiento, la indiferencia o el narcisismo, porque aquello que puede ser reconocido puede también ser atravesado y transformado.
Bienaventurado el que añora días que puedan ser verdaderamente grandes, porque todavía conserva dentro de sí hambre de plenitud, de celebración y de sentido.
Bienaventurado el que siente extrañeza ante un mundo raro y turbio impregnado por el olor frío de las monedas, porque todavía no ha permitido que su corazón confunda el precio de las cosas con su valor.
Bienaventurado el que sabe dudar, porque una duda humilde puede ser más sana para la fe que una certeza arrogante, impermeable al misterio y a la búsqueda.
Bienaventurado el que soporta las coces de las acémilas de su espíritu cuando intenta permanecer en silencio contemplativo ante Dios, porque también la dispersión, la inquietud y la lucha interior pueden convertirse en materia de oración.
Bienaventurado el que atraviesa la tristeza de escarcha sin remedio sin convertirla en la última palabra sobre su existencia, porque incluso bajo el invierno del alma puede permanecer escondida una semilla de esperanza.
Bienaventurado el que reconoce su tentación de subsumirse en el vacío y huir sin rumbo, porque puede comenzar a regresar hacia sí mismo, hacia los otros y hacia Dios.
Bienaventurado el que pide ser salvado de sí mismo, porque ha comprendido que la verdadera libertad comienza cuando uno deja de considerarse autosuficiente.
Bienaventurado el que desea una confianza más auténtica, porque ha comenzado a preferir la verdad de la fe a la seguridad de las certezas.
Bienaventurado el que busca una confianza más desnuda, porque ya no necesita revestir el misterio con demasiadas explicaciones para permanecer ante él.
Bienaventurado el que aprende una confianza más entregada, porque comprende que creer no consiste únicamente en entender, sino también en consentir, acoger y abandonarse.
Bienaventurado el que continúa confiando más allá de su lucidez y de su ceguera, porque ha descubierto que Dios puede ser buscado tanto en la claridad como en la noche.
Bienaventurado el que duda y, sin embargo, sigue diciendo «Señor, sálvame», porque su misma súplica revela que, debajo de todas sus incertidumbres, todavía permanece viva la confianza.
Bienaventurado el que no convierte sus dudas en una morada definitiva, sino en camino, porque la duda atravesada con sinceridad puede transformarse en búsqueda, la búsqueda en entrega y la entrega en fe.
Bienaventurado el que no exige a Dios que elimine todas sus oscuridades, porque aprende poco a poco que creer también significa caminar de noche sin dejar de caminar.
Bienaventurado el que permite que sus preguntas purifiquen sus imágenes de Dios, porque quizá pierda muchas certezas, pero puede acercarse al Misterio con mayor verdad.
Bienaventurado el que acepta no poseer a Dios con sus conceptos, palabras, doctrinas o emociones, porque empieza a comprender que Dios no es una respuesta poseída, sino una Presencia recibida.
Bienaventurado, finalmente, el que puede decir en medio de todas sus dudas: «No sé del todo, no veo del todo, no comprendo del todo, pero me entrego», porque quizá esa confianza desnuda sea una de las formas más puras de la fe.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.
¿Por qué has dudado?
Dudo porque tengo ese miedo urgente de certezas para mi corazón.
Señor, sálvame.
Dudo porque padezco heridas de milenios, las mismas que todos los seres conscientes.
Señor, sálvame.
Dudo porque las palabras pomposas de siempre se me quedan muy escasas.
Señor, sálvame.
Dudo porque reacciono ante tanta verdad troquelada,
demasiado fácil, demasiado resolutiva, demasiado controlada.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé, si en lo confuso, escuchas mis desvaríos nocturnos.
Señor, sálvame.
Dudo porque la costra de mi ego hace que mi alma sea coriácea.
Señor, sálvame.
Dudo porque hay preguntas como navajazos que pocos abordan y saben responder.
Señor, sálvame.
Dudo porque hay clérigos soberbios que muchas veces desunen en vez de crear comunión .
Señor, sálvame.
Dudo porque hay devociones doloristas poco reflexionadas, poco creíbles, poco liberadoras.
Señor, sálvame.
Dudo porque hay cristianos en los que la humildad no es una irradiación evidente.
Señor, sálvame.
Dudo porque no soy ni tan listo ni tan bueno de pensamiento, palabra y obra.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé si creo o simplemente disfrazo mi biografía desvencijada con palabras y palabras.
Señor, sálvame.
Dudo porque busco zafarme del camino de conversión necesario e imperioso.
Señor, sálvame.
Dudo porque en el fondo, no busco ni la verdad ni el bien ni la santidad.
Señor, sálvame.
Dudo porque no me entrego a la libertad, a la alegría y al juego.
Señor, sálvame.
Dudo porque soy un síntoma de la evidente miseria de la cultura del éxito y la autosuficiencia.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé guardar de verdad silencio reverente en mi vida.
Señor, sálvame.
Dudo porque no encuentro personas que respondan
de palabra y de obra a la consternación rampante de nuestro tiempo.
Señor, sálvame.
Dudo porque me acuerdo muchas veces de la muerte y mis muertos.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé si te busco a ti o me busco a mí en la fiebre de mi abatimiento.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé si soy un prófugo casi calcinado o un peregrino sediento.
Señor, sálvame.
Dudo porque no sé si el tren de mi vida se acerca a la plenitud santa o a la decadencia mineral.
Señor, sálvame.
Dudo porque me dejo llevar por el resentimiento, la indiferencia o el narcisismo.
Señor, sálvame.
Dudo porque casi no tengo días que sean un gran día.
Señor, sálvame.
Dudo porque vivo en un mundo raro y turbio de olores fríos de monedas.
Señor, sálvame.
Dudo porque, acaso, sea la condición más sana de ser creyente.
Señor, sálvame.
Dudo porque las coces de las acémilas de mi espíritu
me amargan la vida cuando intento guardar silencio contemplativo en tu presencia.
Señor, sálvame de la tristeza,
de esa tristeza de escarcha sin remedio.
Señor, sálvame de mi,
de mi subsumirme en el vacío
como una huida sin rumbo.
Señor, sálvame.
Ayúdame a vivir una confianza más auténtica, más desnuda, más entregada
más allá de mi lucidez o de mi ceguera.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.
Señor, ¿qué les podemos ofrecer?
Lo sabemos muy bien:
vivir como tu viviste.
Señor, como tú,
dar testimonio de la confianza radical en el Padre
y reconocer a los demás como hermanos
en camino donde compartir
lo que de bueno hay en nuestra vida.
Señor, como tú,
el maestro de la comunión que nos enseña
a reconocer a Dios como Padre,
hagamos lo que hagamos,
nos pase lo que nos pase.
Señor, como tú,
mostrar nuestra cercanía
a los que viven en los márgenes de la sociedad
y reconocer la dignidad humana que debe ser cuidada
por todos los que tienen la cabeza y el corazón en su sitio.
Señor, como tú,
el maestro de la comunión que nos enseña
a tratar a los demás como hermanos,
hagan lo que hagan,
pase lo que pase.
Señor, como tú,
dejarse conmover en lo profundo
de nuestras vidas por el dolor y el sufrimiento
y reconocer que somos capaces
de actuar para que se cumpla tu deseo de justicia.
Señor, como tú,
el maestro de la comunión que nos enseña
a sentir el dolor ajeno
y a actuar para que se cumpla el Reino de vida
con lo mejor de nosotros mismos.
Señor, como tú,
acoger a todos
ya que nadie queda reducido
a sus errores, a su pasado, a sus límites
y así construir en lo cotidiano
una cultura donde se pueda vivir
cuidando la paz y la humanidad.
Señor, como tú,
el maestro de la comunión que nos enseña
que siempre hay posibilidad de compasión
y nos reta a crear espacios
de perdón y de reconciliación.
Señor, como tú,
ofrecer y recibir perdón
para no quedar encerrados
malignamente en la culpa
y así mostrar que el mal
no tiene la última palabra
y que lo mejor está siempre por llegar.
Señor, como tú,
el maestro de la comunión y de la libertad,
de la esperanza y de la creatividad
que nos indica los caminos de humanización
y de crear una cultura del cuidado y de la novedad
que mejora las cabezas y los corazones
de los seres humanos.
Señor, como tú,
vivir libres frente al poder, la riqueza, el prestigio,
libres frente a los ídolos sociales
y así vivir lúcida y críticamente
ante las tendencias que limitan
lo mejor de las posibilidades humanas: la santidad y la justicia.
Señor como tú,
el maestro de la comunión que nos lanza
a descerrajar las cadenas
que humillan la dignidad humana
y nos impulsa a vivir con coherencia,
con valentía, con autenticidad.
Señor, como tú,
servir humildemente
buscando el cuidado y el bien mayor
para las personas
con las que nos encontramos en la vida
y así mostrarnos humildes seres humanos
sembrando humanidad.
Señor, como tú,
maestro de l comunión y de la humildad,
de la vida cotidiana
y de las relaciones diarias
donde nos llamas a entregar
concretamente la propia vida.
Lo prioritario
Lo prioritario
Señor Jesús,
andamos muy dispersos en paparruchas,
muy encerrados en nuestros corralitos emocionales,
muy enardecidos con nuestras peleítas palabreras.
Somos como somos:
necios y torpes para lo que de verdad importa,
tú y tu santo misterio de salvación.
Señor Jesús,
como náufragos
entre escombros
de leyes, ritos y pomposas palabras,
intuimos que tú eres lo esencial.
Céntranos, céntranos más en ti.
Señor Jesús,
confusos,
miedosos,
aturdidos entre tanto ruido hiriente,
presentimos que tú eres lo esencial.
Asegúranos, asegúranos más en ti.
Señor Jesús,
desarraigados,
a la intemperie
en estos tiempos intimidantes
vislumbramos que tú eres lo esencial.
Ilumínanos, ilumínanos más con tu bondad.
Señor Jesús,
escindidos de ti,
escindidos de los demás,
escindidos de nosotros mismos,
nos damos cuenta de que tú eres lo esencial.
Únenos, únenos más a ti.
Señor Jesús,
desorientados,
erráticos,
asustados
como exiliados en tierra de nadie,
alcanzamos a medio comprender
que tú eres lo esencial.
Ábrenos, ábrenos más a ti.
Señor Jesús,
cansados,
desvertebrados,
casi sin aliento,
ante tantos retos,
tantos sufrimientos,
tanta barbarie,
sabemos asombrosamente que tú eres lo esencial.
Arráiganos, arráiganos respiración a respiración más en ti.
Señor Jesús,
lo esencial,
lo fundamental,
lo fontanal.
Señor Jesús,
lo ineludible,
lo vertebrador,
lo medular.
Señor Jesús,
el que da sentido
el que da significado,
el que da sensibilidad.
Señor Jesús,
la entraña,
la vida,
la salvación.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.

| Sevilla, 17 de julio de 2026 Estimados/as amigos y amigas: Queremos trasladaros nuestro agradecimiento más sincero por la respuesta solidaria que la sociedad sevillana ha ofrecido al pueblo venezolano. En apenas tres semanas desde el inicio de la campaña de emergencia “Cáritas con Venezuela”, Cáritas Diocesana de Sevilla ha superado los 450.000 euros, que se canalizarán a través de Cáritas Española para apoyar la labor que Cáritas Venezuela desarrolla en el terreno junto a las personas y familias afectadas. Una labor que, desde el primer día, ha estado presente y se está centrando en estos momento en acompañar a la población con alimentos, agua potable, productos de higiene, medicamentos, refugio y espacios de protección. La emergencia continúa y se necesitará todo el apoyo posible para facilitar la recuperación de tantas familias que lo han perdido todo. Por eso, además de daros las gracias, os animamos a seguir colaborando y a mantener vivo este llamamiento. Las aportaciones pueden realizarse indicando como concepto “VENEZUELA”: Bizum: 00415 Donativo online: caritas-sevilla.org Transferencia bancaria: ES50 0049 6175 9627 1615 4146 Gracias por hacer posible que Cáritas siga cerca de quienes más lo necesitan. Recibid un cordial saludo. |
Danos paciencia
Señor, quisiéramos mirar como tú miras.
Señor, quisiéramos tener tu sensibilidad.
Señor, quisiéramos vivir la vida desde tu corazón.
Señor, que evitemos las etiquetas malignas y miremos con misericordia a los que nos rodean.
La vida da muchas vueltas y sólo tú sabes de verdad qué es vivir con sabiduría.
Señor, que evitemos las prisas al hablar y dejemos espacio a que lo que pasa se asiente y sea de verdad evidente.
La vida nunca permanece igual y sólo tu acompañas con amor los procesos de las personas.
Señor, que evitemos las suspicacias y seamos capaces de comprender con esperanza a las personas.
La vida siempre es más amplia y honda que nuestros juicios sobre ella y sólo tú tienes derecho a decir la última palabra.
Señor, que evitemos la desconfianza y seamos capaces de mirar respetando los procesos y las capacidades de los seres humanos con los que convivimos.
La vida siempre tiene razón y sólo tú abarcas con tu mirada lo que realmente está en proceso de llegar ser lo mejor posible.
Señor, que evitemos juicios dañinos y miremos con benevolencia la realidad en la que vivimos día a día.
La vida siempre es más sorprendente de lo que nos parece y sólo tú nos abres al misterio de lo que acontece.
Señor que evitemos los recelos y seamos capaces de tener una sensibilidad inocente hacia las novedades que nos regala la realidad.
La vida es impulsada por energías que desconocemos y sólo tú diriges hacia el máximo bien lo que a nosotros nos parece incompresible.
Señor, que evitemos ser devorados por la envidia y miremos con cuidado respetuoso los dones que los demás cultivan con toda su mejor intención.
La vida es un frondoso valle lleno de diversidad y sólo tú eres capaz de hacer una armonía gozosa y benigna de la multiplicidad de dones que vivimos los seres humanos.
Señor, que evitemos creernos mejores de lo que somos y miremos con justicia a las personas que nos rodean.
La vida es imprevisible y sólo tú conoces el corazón de las personas y sus luchas.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.
Amén.
Oírte
El que tenga oídos para oír que oiga.
Oír el caminar de las historias pequeñas, cercanas, personales.
Oírte en las aceras de nuestras ciudades,
Señor de las palabras radicalmente humanas.
Oír el pálpito de los grises de la vida.
Oírte en los sufrimientos evitables,
Señor de las palabras de justicia.
Oír el rumor de lo que realmente merece la pena.
Oírte en las risas de la fraternidad,
Señor de las palabras de comunión
Oír la intensidad de la vida humana inserta en los dinamismos cósmicos de la vida.
Oírte en los silencios de nuestro corazón,
Señor de las palabras de la verdad de las verdades.
Oír el esfuerzo por la verdad y el bien.
Oírte en las búsquedas de los hombres y mujeres de buena voluntad.
Señor de las palabras que nos dan sentido fascinante.
Oír la soledad de los que van dando tumbos por la vida.
Oírte en tus palabras claras y directas sobre la verdad del ser humano,
Señor de las palabras que nos reclaman lo mejor de nosotros mismos.
Oír la desquiciada aceleración vital que nos da revolcones día a día.
Oírte en la necesidad de centrarnos en lo esencial de vivir: amar y ser amados,
Señor de las palabras esenciales que permanecen en nuestra sensibilidad.
Oír la injusticia cotidiana de los que van tirando por la vida.
Oírte en los esfuerzos esperanzados por sembrar una cultura más justa,
Señor de las palabras que nos alientan a mejorar las relaciones humanas.
Oír los ruidos de la ruina moral que nos desconcierta y descorazona.
Oírte en los que generan confianza y honestidad por donde pasan,
Señor de las palabras que nos lanzan al cuidado y a la honradez.
Oír la necesidad de palabras que nos devuelvan la esperanza.
Oírte en los mejores de nuestra cultura cuando cuidan la vida por encima de la idolatría del dinero.
Señor de las palabras que nos alimentan día a día en nuestro vivir y convivir
Oír la humanidad tan humana
Oírte con hambre de santidad y justicia,
Señor de las palabras que salvan ahora y siempre.
Oírte,
Maestro.
Oírte,
Buen pastor.
Oírte,
amor sobre todo amor.
Amén.
Aleluya,
Aleluya.
Aleluya.
Amén.
Venid a mí
Nos sobran los motivos para estar cansados.
Nos sobran los motivos para estar agobiados.
Nos sobran los motivos para estar agotados.
¿Dónde la paz, el sosiego, la belleza de la contemplación de la vida?
¿Dónde el silencio, la escucha, el encuentro de las personas?
¿Dónde la confianza, la naturalidad, la sencillez de corazón?
¿Quién siembra verdad, bien y belleza?
¿Quién riega las semillas de esperanza?
¿Quién cuida los indicios de la nueva humanidad?
¿Cuándo podremos bendecir sin esfuerzo?
¿Cuándo podremos confiar con naturalidad?
¿Cuándo podremos sentirnos en paz?
¿Señor, cómo nos ayudas?
¿Señor, cómo nos orientas?
¿Señor, cómo nos acompañas?
Señor, entre tanta ruina,
tu palabra sigue viva.
Señor, entre tanta niebla,
tu presencia en nuestro silencio contemplativo.
Señor, entre tanto desconcierto
tu aliento en lo mejor de cada ser humano.
Señor,
danos lucidez
para intuir los caminos de la santidad y la justicia.
Señor,
danos paciencia
para caminar entre tanto escombro y tanto miedo.
Señor,
danos valentía
para aportar lo que falta.
Amén.
Amén.

| Sevilla, 26 de junio de 2026 Estimados/as amigos y amigas Cáritas Diocesana de Sevilla se ha unido a la campaña de emergencia puesta en marcha por Cáritas Española para apoyar a las personas y familias afectadas por los dos terremotos que han sacudido Venezuela, con magnitudes de 7,2 y 7,5. Estos seísmos han provocado víctimas mortales, numerosas personas heridas, familias desplazadas y graves daños en viviendas e infraestructuras. Ante esta situación, Cáritas Diocesana de Sevilla ha enviado ya 15.000 euros para contribuir a la emergencia y responder a las necesidades más urgentes de la población afectada, apoyando la labor de Cáritas Venezuela, que ya trabaja sobre el terreno en la evaluación de daños y necesidades. La red de Cáritas Venezuela, con presencia diocesana y parroquial en el territorio, está realizando una primera valoración para organizar la respuesta humanitaria. Asimismo, se ha previsto la apertura de centros de acopio nacionales y diocesanos para canalizar la ayuda de primera necesidad. Desde Cáritas Diocesana de Sevilla hacemos un llamamiento a la solidaridad de la sociedad sevillana. Como en otras emergencias, las aportaciones económicas son la forma más eficaz de ayudar, ya que permiten responder con mayor rapidez a las necesidades concretas de cada momento, reducir los costes de gestión y favorecer la adquisición de productos en el entorno más cercano posible. Las personas que deseen colaborar pueden hacerlo a través de los canales habituales de Cáritas Diocesana de Sevilla, indicando en el concepto: «VENEZUELA».Bizum: 00415 Donativo online Transferencia bancaria: BANCO SANTANDER ES50 0049 6175 9627 1615 4146 Cada aportación nos ayuda a sostener la respuesta de Cáritas junto a quienes hoy necesitan apoyo, protección y esperanza. Agradecemos de antemano su apoyo y colaboración. Reciban un cordial saludo |